
Tus dedos
quemaban mi piel, tu cuerpo transpiraba calor, el sudor se evaporaba en nuestros poros, recordando aquella tarde
en la oficina cuando envueltos en una locura febril me tomaste y me arrojaste
a la mesa donde exploraste mi cuerpo. Mi sexo estaba ardiendo aunque húmeda rompí
el silencio de los besos para decirte “No te detengas”. No tardamos en sustituir las palabras por ardientes
lenguas que se deslizaba por la piel que ansiaba ser tocada, juntamos nuestros
fuegos perdidos en el calor de los cuerpos. Sonidos étnicos acariciaban el aire que respirábamos, el ambiente tenue de velas al ritmo de Buddha Bar marcaba la armonía de dos cuerpos deseosos de pasión
Carentes de
toda protección, nos entregamos a la locura
del placer, incluso mas allá de las fuerzas físicas. Aquellas cosas
prohibidas, por ser tan placenteras, fueron repetidas una y otra vez. No
tuviste otro credo más que mi piel, me consagre como ofrenda al Dios de tu
placer, mientras tus oraciones eran mis gemidos.
No hubo
mañana ni ayer, no quedo nada mas que unos cuerpos desnudos muy juntos en una
oficina llena de desorden, por un momento deseo perder mi alma y pedirte que te
quedes, pero se que no me dejaras hacer tal locura, no esta vez.
Andreina G.
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